26 d’agost de 2013

La única excepción



La música sonaba muy fuerte, demasiado quizás. El ambiente estaba saturado de humo extraño que casi no permitía la respiración a los individuos que se dedicaban a bailotear por el recinto. Había uno en concreto que no bailoteaba, ni bailaba, ni siquiera se estremecía por los altos golpes de la música. Sus ojos vidriosos veían sin mirar; su mano derecha cogía un vaso, o una mano, que no existía. De sus ojos caían pequeñas gotas de cristal, que rodaban por sus mejillas.
            Ése eras tú. En la fiesta de cumpleaños aún estabas ido, en tu mundo, a causa de la pérdida; por eso nadie quería molestarte, pues todos sabían qué significaba para ti. Nadie te molestaba pero a la vez estaban atentos a ti, a cualquier indicio de cambio, ya fuera para bien o para mal. Todos tus amigos estaban muy frustrados, pues te conocen a la perfección; sin embargo, ese día nadie te conocía. Poco a poco empezaron a pasar de ti y centrarse más en la fiesta.
            Nadie supo dónde fuiste. Simplemente, te desvaneciste, y nadie te encontró. Apareciste una semana y media más tarde delante de la puerta del hospital. Nadie nunca sabrá qué hiciste en ese lapso de tiempo. Después de salir del hospital y de someterte a todo tipo de tests de psicólogos y psiquiatras diversos, te dejaron hacer libremente. Fue un alivio para todos.
            Empezaste poco a poco a hacer tu vida con normalidad. Volvías a sonreír, y cada día eras más comunicativo. Hasta hiciste nuevos amigos que te enseñaron cosas nuevas, cosas que hicieron que enterrases tu pasado para mirar con nuevos ojos el futuro. Con esos nuevos ojos pintaste esos dibujos que tanto intrigan a quien te rodeaba. Esos dibujos representaron para todos un claro cambio; había muerto esa persona triste e ida que sólo pensaba en el pasado, en lo que había hecho mal y bien, que nunca estaba en el presente.
            Esos mismos amigos resultaron no ser tan buenos como pensaban todos, pues te condujeron por los caminos más oscuros del ser humano. Si hay alguien con más altos y bajos en su vida, ése eras tú. Quizá tu vida no hubiera sido ni la mitad de interesante, como se atreven a criticar algunos hoy, pero hubieras sido seguro una persona muy diferente; no hubieras sido tan mezquino, tan cerrado ni tan brutalmente violento. Pero los que te conocían de verdad seguían queriéndote.
            Después de esas dos caídas tan fuertes, muchos te dejaron parcialmente de lado. ¿Para qué tener contacto con una persona que no es capaz de tener una mínima estabilidad emocional? Repito que tus incondicionales seguían a tu lado, aunque quedasen pocos. Habiéndote abandonado todos esos que sólo te querían por interés, no cambió nada en ti. “Si me han dejado de lado es por algo”, decías a menudo. No era esa la cuestión, si no que realmente no te supieron valorar. Esas personas sólo quieren vivir en la felicidad; todo aquel que les impida mínimamente ser felices lo apartan de su mapa.
            Todos –y repetidas veces– han podido comprobar lo fuerte que eras; sólo alguien como tú hubiese podido aguantar todo ese alud de desgracias tan seguidas. Aunque quizás tú no lo considerases desgracia todo, quién sabe. Quizá al final veías las cosas tan distintas a  nosotros que no comprendíamos por qué seguías sonriendo. Un misterio que nunca podremos saber, tampoco.
            Todos creíamos conocerte muy bien. Después de haber visto cómo había ido tu adolescencia y pronta juventud nos podíamos esperar cualquier cosa de tu plena y bella juventud. Otra vez, estábamos todos muy equivocados. Olvidaste tu pasado y empezaste de cero otra vez. Curioso, empezaste de cero por enésima vez ya. ¿Cuánto más aguantarías? Nadie lo sabíamos.  Te fuiste de aquí para ir a estudiar fuera, para ver nuevo mundo, y cuando volviste, te pudimos reconocer de cómo eras al principio. Y, créeme, fue un gran alivio.
            Sin embargo, la vida no para de darnos sorpresas y, aunque lo sepamos, nunca, nunca nos acostumbraremos. La carta que escribiste explicaba muy bien todas tus razones y qué pasaba con cada uno que te rodeaba. Aún así, esas cosas duelen, y nos costará (al menos a mí) mucho tiempo perdonarte por haberte marchado así, a la ligera. Pero contigo haremos una excepción, y te perdonaremos. Como siempre.